Un solo hombre trastocó todo

Por: Iván Olaizola D’Alessandro

Benitín y Eneas. La dupla maravillosa.

Cuesta trabajo comprender, sobre todo para quienes hemos tenido la suerte de lograr algún desarrollo intelectual, el que una sola persona pueda trastocar totalmente la vida de un país. Pero ello ha sido así en muchas ocasiones a través de la historia de la humanidad, en especial en las épocas donde las monarquías, los totalitarismos, las dictaduras, eran la forma común de gobierno. El emperador, el rey, el zar. El jefe de la tribu. El cacique. El dictador, el militar. Un solo hombre era el omnipotente, el único en decidir. La vida y la muerte dependían de él. Su palabra era la ley. Yo soy el Estado. Solo a título de ejemplos: en el pasado siglo, Stalin, comunista e Hitler, fascista. Más reciente, Idi Amín, Gadafi, Mubarak, Al Assad. Y por aquí cerca Perón, Pérez Jiménez. Creo que la democracia como forma de gobierno nace precisamente para acabar con esa práctica. Con el advenimiento de los gobiernos democráticos deja de existir el hombre mesiánico, el todopoderoso, el único. Son equipos de hombres y mujeres quienes tienen la responsabilidad de dirigir una nación. Hay poderes distintos, independientes, autónomos. Elegidos. Lógicamente siempre debe haber un único responsable, pero la autoridad se distribuye entre todos y a todos los niveles. Eso se ha venido cumpliendo, aun con imperfecciones como toda obra humana, pero en forma general la inmensa mayoría de las democracias del mundo funciona así. Pero, y siempre hay un pero, de tiempo en tiempo surgen excepciones a esta regla. Y cuando ello ocurre todo se trastoca.

A nuestro país le tocó en suerte vivir por cuatro décadas una democracia que con toda su carga de imperfecciones fue ejemplo para muchas naciones. Pero parece que los pueblos son inconformes y en esa búsqueda de la excelencia se cae en graves errores. Y caímos. De la noche a la mañana regresamos a etapas que todos creíamos superadas. Por cambiar lo que pareció ineficiente, defectuoso, el pueblo prefirió sustituir a hombres y partidos probadamente demócratas, con imperfecciones claro, por alguien que desde su primera aparición pública dijo quién era. Por la fuerza quiso imponer sus ideas. Fracasó rotundamente. No engañó a nadie. Pero el pueblo, y de nuevo el pueblo, por la vía democrática, lo prefirió. Y en una acto soberano puso al teniente coronel felón al frente de la república. Allí comenzaron nuestros males. No entendió la esencia de la democracia, que había sido elegido para gobernar a todos, para tolerar, para respetar a todos, para ajustarse a la carta magna, para trabajar, para resolver problemas. Entendió que fue electo para mandar a unos pocos, a los suyos, para adaptar la constitución a sus caprichos, para insultar e irrespetar a todos, para crear más problemas, para hacer uso del país cual hacienda propia. Un cuartel pues. El culto a la personalidad, típico de gobiernos totalitarios, comunistas, se impuso. Se creyó con el poder de ungido para trastocar todo. Y lo trastocó todo. Tenemos un país sin pie ni cabeza. Destruido o en vías de. Y en estos postreros momentos sin saber quién gobierna, aunque la conseja general dice que el gobierno está en La Habana y que son los Castros quienes dirigen las cosas del Estado. Pero todo llega a su fin. Murió Cristo. Murió Bolívar. Y el mundo sigue girando. El fin está cerca.

Iolaizola@hotmail.com

 

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