Será que la IV no tiene dolientes

Por: Iván Olaizola D’Alessandro

En la toma del Rodeo 1 hubo varias bajas, cuantas se tendrían en una guerra de verdad. Generales de 4 soles o de 18 años.

Oyendo a José Vicente Rangel en el acto de capilla ardiente del Contralor General de la República, celebrado en el salón de la AN, me surgieron muchos pensamientos. Desilusión, rabia, impotencia, tristeza. Sus palabras debían de ensalzar las cualidades de Clodosbaldo Russián, sus luchas, sus preocupaciones, sus cárceles, sus méritos académicos y sus logros profesionales. Todo ello plausible cuando un amigo, un compañero de luchas, un copartidario ideológico, abandona esta vida, en especial cuando lo hace estando en la cúspide de su actuación pública. Hasta allí respeto lo dicho por José Vicente.

Lo que sí creo no debemos aceptar o al menos no dejar pasar, el que haya aprovechado ese momento solemne, cuando se le rinde honores a un alto funcionario público, para manipular y tergiversar la historia política de los últimos tiempos, para mentir, usando medias verdades, sofismas, para justificar unas actuaciones y condenar otras. No venía a cuento denigrar de la democracia vivida entre 1958 y 1998. Respetando las ideologías de cada quien, sus posiciones y actuaciones en algún momento de sus vidas en la lucha política, no se puede aceptar que aprovechándose de un acto y un auditorio en donde no es dada la réplica, se ofenda a muchos sectores de la vida nacional. Si bien alguien dijo que la cárceles son para los hombres, no es menos cierto que en la mayoría de los casos quienes van a una cárcel es por haber cometido delito, o al menos eso se presume, con todo y lo polémica que tenga esta afirmación.

Los hombres y mujeres, aun aceptando que eran luchadores políticos, que tuvieron que ir a una cárcel o perdieron su vida, cuando gozábamos de una verdadera democracia, lo fueron a consecuencia de haber cometido delitos. Porque delito fue el haber asesinado a policías y guardias nacionales, el haber secuestrado ciudadanos, aviones y barcos, haber asaltado bancos e incendiado camiones y autobuses, quemado cauchos y propiedades públicas y privadas, haber insurgido contra la República usando las armas que se les había confiado para su defensa, donde cayeron abatidos inocentes. Actos todos cometidos, según ellos, en nombre de una ideología, marxista, castro comunista, para derrocar gobiernos elegidos de forma democrática con altísimo apoyo popular. Esos gobiernos tenían la obligación constitucional de defenderse, de impedir ser derrocados, de evitar que grupos minúsculos dieran al traste con la voluntad popular. Es posible, y de seguro así fue, que en esa defensa se violaran derechos humanos. Pero es que en esas primeras etapas de la democracia venezolana se vivió prácticamente un estado de guerra. Los organismos de seguridad del Estado, sus Fuerzas Armadas, tenían que responder a esas agresiones criminales usando la fuerza proporcional a los ataques recibidos. En todo caso los primeros violadores de derechos humanos fueron precisamente esos facinerosos, por más discurso ideológico que exhibieran. Cierto es que no es fácil justificar una muerte, pero también es difícil dejarse matar. No puede ser lo mismo la respuesta a quienes discursean sobre el marxismo a aquellos que matan por imponer el comunismo. Se dice que muchos de los hoy miembros relevantes de este gobierno tienen prontuario criminal en los archivos de los organismos de seguridad del Estado. Es posible, seguro es así, que esos archivos fueron limpiados, pero los que tenemos cierta edad y memoria algún recuerdo nos queda.

El hecho de que en estos momentos ellos estén gobernado al país en forma totalitaria, los derrotados en esa etapa, y que el orador en el acto sea uno de los hombres claves de esta llamada revolución socialista, que no es más que un remedo del obsoleto y desprestigiado comunismo del siglo pasado, no le da licencia para tergiversar la verdad. Y menos a él que fue parte importante de esa etapa de la democracia venezolana, que la vivió, la padeció y la disfrutó. Yo me he puesto una norma de conducta, no acepto que se calumnie lo ocurrido durante los años de mayor ejercicio democrático de nuestra historia. Igualmente reclamo las posturas timoratas, los silencios de quienes tuvieron responsabilidades en ese tiempo. No puede haber miedo, no debe haber miedo. Defiendo lo vivido, lo actuado, los logros de esos 40 años. En cualquiera de los períodos constitucionales de esa etapa, de 5 años, se hizo más, se progresó más, en cualquier aspecto que se compare, que en estos casi 13 años de desgobierno militar. En lo que si nos gana es en el número de presos y exiliados políticos, de muertos y de violaciones a los derechos humanos, de expatriados. De que si vivió mejor en esos años no hay discusión.

Iolaizola@hotmail.com

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