La pandemia democrática

Por: Iván Olaizola D’Alessandro

Se agradece a quien conozca las coordenadas del país pintado en la AN por los señores ministros del régimen, hacerlas llegar a este columnista. Gracias anticipadas.

Se sublevan los oprimidos. Las dictaduras decenarias se tambalean. El totalitarismo pierde fuerza. Los pueblos se cansan de sus mesías. Ya basta que un solo hombre mande en un país por décadas. Fuera los que se adueñan de todos los poderes de una nación. Abajo los que vulneran los procesos electorales, que hacen trampas y fraudes para mantenerse en el poder burlándose de la voluntad popular. Fuera también los que a punta de demagogia y populismo compran la conciencia y voluntad de los grupos menos favorecidos, de los marginales. Al degredo los que usan y abusan del poder para seguir en el poder. Fuera también los que han usado las reglas de la democracia para llegar el poder y luego violarlas para perpetuarse en el mismo. No a las revoluciones en nombre de ideologías proscritas, fracasadas, obsoletas o de credos religiosos mal entendidos, radicales, sectarios e intolerantes. Fuera los “yo digo”, “yo hago”, “yo soy”, “yo ordeno”, los supremos, los comandantes en jefe. Todo esto y mucho más deben haber pensado los pueblos de Túnez y Egipto y también los de Libia, Yemen, Bahréin, Marruecos y Argelia y otros nombres en reserva. El norte de Africa y el Oriente Medio se convulsionan. Cuba queda en el cercano Caribe. Ya no aguantan más.

Túnez abrió el camino. Un joven, Mohamed Bouazizi, informático él, se cremó a lo bonzo, en protesta porque la policía le quitó un puesto de venta de frutas, no frente a la OEA, sino en una calle de la ciudad de Sidi Bousid y allí comenzó un movimiento popular que dio al traste con casi cinco lustros de mandato, y aspiraciones de cuatro más, de Zine el Abidine Ben Alí. Él y su mujer, poseedores de una inmensa fortuna pusieron pies en polvorosa. No se habían marchitado todavía los jazmines tunecinos, cuando su aroma llegó a la tierra de los faraones. Los jóvenes tomaron la plaza Tahrir, no la de Altamira, y no la abandonaron hasta que Hosni Mubarak y sus 30 años de totalitarismo se fueron a zapatazos. Sin tregua, el dominó africano ha seguido su tumbar de piezas. La mayoría de los pobladores de la rimbombante “Gran República Arabe Libia Popular y Socialista” se cansaron del “Bolívar africano” y seguramente tomaron una de las espadas del Libertador que el teniente coronel felón del Caribe le obsequiara al coronel Muahamar al-Gaddafi para tratar de liquidar los más de 40 años de genocidios del orate. Cuando escribimos este Paraninfo el “Hermano Líder y Guía de la Revolución” se tambalea. El mundo se asombra (¿ahora?) del plan Advilah del beduino. Bombardea barrios de Trípoli, mientras los rebeldes se apoderan de Bengasi y desertan varios ministros, embajadores y parte de las fuerzas armadas. Su ejército particular, milicias conformados por mercenarios, masacran a la población indefensa. Los cables internacionales habían anunciado su huida hacia la “República Bolivariana Socialista de Venezuela”. Según dicen, ya estaban listos los preparativos de recepción en La Viñeta, cuando a la sombra de un paraguas el descompuesto y metamorfósico coronel desmintió la noticia anunciando que le gustaría mucho, pero que preferiría resistir hasta morir, sin esconderse en cualquier museo militar, “mártir como mi abuelo”. No el abuelo Maisanta, el Abu Minyar que murió hace justo cien años combatiendo contra los italianos. Total, que muchos libros verdes y rojos se quedaron fríos, al menos hasta estos momentos, y también muchos crespos se quedaron hechos. Mientras, las noticias van y vienen. Y la comunidad internacional, bien gracias. Primero los intereses comerciales y luego los del pueblo. A lo mejor unos cien mil cadáveres les ablandan el corazón.

Pero parece que el virus comienza a convertirse en pandemia. El pueblo marroquí cuestiona a su rey, Mohammed VI, y se hacen reformas apresuradas para evitar males mayores. Igual le ocurre a Abdelaziz Buteflika, otro hermano del alma, en Argelia. En Bahréin le sucede otro tanto al reyecito Hamad ibn Isa Al Khalifah y en Yemen a Alí Abdulah Saleh. El denominador común son los años ejerciendo el poder, atropellando pueblos, violando constituciones, engañando. De dos décadas hacia arriba es cacería.

En nuestros lares parece que aquella aseveración del Chapulín Colorado de que “no panda el cúnico” se está poniendo en práctica. Resulta muy raro que un grupo de jóvenes imberbes haciendo una pacífica dieta hayan logrado que el supremo, comandante en jefe, con doce años de antigüedad, le ordenase al Poder Judicial poner en libertad a un grupo de presos políticos, de los que él llama políticos presos. No se inmolaron, no se quemaron, solo bajaron algunos kilitos, pero obtuvieron un inmenso triunfo. Y que no se le ocurra al comandante burlarse de ellos, porque no le arriendo la ganancia. Puede que tengan cara de pendejos, pero ningún pedazo de carne los amilana. Cuidado con una revolución del ayuno.

Iolaizola@hotmail.com

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