País enfermo

Por: Iván Olaizola D’Alessandro

Todos a votar el domingo 25. En general todos los candidatos son buenos, lo importante es que los que no ganen apoyen, sin pero alguno, a los ganadores. Y el 26S el gran triunfo de la democracia sobre el comunismo.

El teniente coronel que desgobierna el país señalaba que los que se le oponen, los que no lo siguen, los que no creen en su tal revolución socialista, los que no aceptan su liderazgo universal, es decir los que son oposición o disiente de sus propuestas, están enfermos. Y lo grita a todo gañote como es ya su costumbre. “Escuálidos, oligarcas, burgueses, contra revolucionarios, apátridas, están enfermos”. Cierto tc, no sólo los que no compartimos sus locuras y disparates estamos enfermos, es el país todo el que está enfermo, incluido usted mismo. Aquello que se coreaba hace ya tiempo de que “Chávez los tiene loco” se ha hecho una realidad. Todos estamos locos. Los que se consideran de izquierda, los de derecha, los del centro y los de cualquiera y de ningún lado. Valga decir que como la “chavendemia” ha persistido en el tiempo y se ha hecho general podemos hablar de la peor endemia jamás vivida por nuestro pueblo (del griego en: en y demos: pueblo).

El primer enfermo del país es el propio gobernante. Sus actuaciones, sus decisiones, su forma de ser, de dirigirse al país, de atacar a la disidencia, de amenazar y burlarse de todo y de todos: De cómo actúa en los foros internacionales, de cómo maneja las finanzas públicas, de cómo tergiversa la historia patria y universal. El irrespeto a las decisiones electorales del pueblo. Eso de inventar magnicidios, bombardeos, invasiones imperiales, ataques extraterrestres. El usar disfraces, el obligar a marchar a todo el mundo. El partido único, el color único. Cambiarlo todo para que todo siga igual. El acabar con los pobres y los niños de la calle incrementándolos. Destruyendo todo lo que toca. Acabando con todo lo bueno que dejó la IV república y potenciando sus errores. Regresarnos al siglo XIX. Todo eso y muchísimo más son signos inequívocos de una enfermedad gravísima, de pronósticos reservados, casi que terminal.

Igual o peor enfermedad la han contraído los que lo siguen, los que lo aplauden y adulan. Los que se le arrastran. Sus ministros, gobernadores y alcaldes. Sus diputados. Sus magistrados. Sus embajadores. Todos los funcionarios públicos de todos los poderes. Sus FAN, sus milicias, sus guerrillas. Sus estudiantes, sus profesores, sus empresarios, sus dirigentes sindicales. Toda esa masa de rojo, rojito, que se deja trasportar de un sitio a otro para vitorearlo. Los que hacen auditorio en sus maratónicas cadenas. Los que hacen justos reclamos pero “ayúdenos comandante”. Los que les matan familiares, le cortan la luz, no les llega el agua, no consiguen alimentos, pero “es que mi comandante no lo sabe”. Endemia total. Grave, muy grave.

Pero también los que no estamos con él, los que él nos ha diagnosticado la enfermedad, realmente si estamos enfermos. Y muy graves también. El aceptar un gobierno como éste, sin que pase nada, indica que estamos mal. Aceptar que a la universidad venezolana se le acorrale, se le trate de quitar su autonomía, sus derechos, sus recursos. Que a los profesores, empleados y obreros no se les respeten sus contratos y que a los estudiantes se les atropelle. Quienes son expropiados de un bien y acuden con la cabeza gacha, como pidiendo perdón, a negociar un mendrugo. Quienes aceptan que a sus hijos los pongan a marchar, uniformados, a recibir instrucción ideológica. Los padres que han aceptado que sus hijos conformen las “guerrillas comunicacionales”. Los que creen en el CNE o en el TSJ. Los que aspiran un cargo por vía electoral a sabiendas que no tienen ningún chance y que le van a quitar la posibilidad a otro. Los que creen que el tc puede dialogar, rectificar, corregir. Toda la oposición democrática cuando cree que este régimen juega con las mismas reglas que ellos juegan. Los que creen que el gobierno y sus instituciones respetan la Constitución. Los que están esperando una invasión yanqui o la intervención de la OEA o de la ONU. Los que creen en pajaritos preñados. Todos esos síntomas son signos de un grave trastorno patológico.

Los únicos que no están contagiados, creo yo, son los que se están haciendo rico con este gobierno. Sus familiares y amigos íntimos. Y claro los amigos de Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Bielorusia, Rusia, China y algunos otros.

¿Y cuál podría ser la cura para esta endemia nacional? Se me ocurre que los que creemos en las reglas de la democracia, que probablemente también estamos enfermos, podíamos intentar la cura vía uso de las disposiciones constitucionales. Comenzando con la concurrencia masiva a votar en las parlamentarias del 26S y votar por los candidatos menos contagiados o que se han vacunado. De acuerdo con estos resultados comenzaremos el tratamiento. Quimioterapia. Mi amor ven a tomarte la pastilla, ya voy.

Iolaizola

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